Delante del coche en marcha, una nube caprichosa, ayer pronto, en la tarde, recogía con premura la alfombra de luz del suelo. Un eclipse en cascada sobre el cálido asfalto. De su mantillo de sombra no supe huir a tiempo y al regresar del trabajo perdí la noción del verso.
Y entonces es cuando tarda la plaga que no lucubra y todos corren a verla brotar como un barranco articulado y la vuelcan y descubren su panzuda crema y su torvo mecanismo nos remata.
Hoy tus omisiones desencadenan una estepa de cubículos donde se pudren los tesoros y la vida se te rompe en inútiles esporas de miedo, yermas como el traje de un gusano. Cuenta las veces que has pasado de largo y contempla su secreción. Hoy la carne mollar del sistema nubla tus prietas certezas de ser mejor o niño o canción, y dibuja una rayuela que no es nube, quizás la guarida que tus sueños roían para aplacar su sed mientras los nudos corredizos de la tiza consumen la lluvia y desaparecen. Cuenta las veces que has pasado de largo e implora piedad, o estampida.
Esta ciudad es una cápsula encendida que gira y en un mar de penumbra sobrenada; la cercan los rumores cósmicos y los hados esnifan las salpicaduras de sus lucernas. Pausadamente, un negro vórtice engulle sus pulsos reciclados. Tanta avidez se paga.
Ya no resisto las bajas temperaturas de mi país. Un ebúrneo patriciado se nutre de nuestras entrañas y nos deja ateridos de impasibilidad. Si al menos fuéramos ponzoña.
Este último año, la vida se me ha espesado tanto que ya la luz no puede corretearme dentro. El ideal tiene sueño y sestea en la memoria de espaldas al resplandor. Aunque finja bríos, ya no recuerda casinada de mi credo. Este último año, la vida me está convirtiendo en un innoble impostor. Por eso y porque no tengo agallas.
Y pensar que a cada momento nacías y todo lo cubrías con tu halo sin que yo lo advirtiera, que todo iba cobrando sentido con cadaorden de tus labios. Como ahora, difuso instante en que desatas la experiencia y la extiendes como una plaga.
De Covarrubias a Lerma hay esquenas por el cielo. La tierra alza sus manos en los árboles desnudos que entre la rosada carne de la luz buscan su tregua. En Santillán, por otoño, la última luz se agrieta.
Publicado en el boletín de información La voz de Lerma de noviembre de 2012