Madre, añoro tu vientre eutópico, pero no recuerdo sus prodigios ni los contornos de su mar de vida. Madre, extravié las referencias aquí fuera, en la desabrida intemperie donde las crudas tenazas ulceran los mitos y las esperanzas se encharcan. Madre, esta noche, en tu cama, una caracola musita los nombres de tus hijos y en su vórtice se ovilla toda mi altermundista nostalgia.
Amo el cíngulo que me convida a la belleza y carcome mis células. Amo su abrazo forzoso y el aire, la tierra y el mar que me propina. Amo su perdidiza sustancia.
Vivió impensando porque detestaba el pensamiento único de los becerros de oro. Prefirió describirnos la estación claridad, donde resisten los firmamentos y las lunas y el nuevo amanecer es una postal zapatista. Vengo llegando, enseñaba el profe de los movimientos sociales y políticos. Una fuerza incontestable le ha rebañado la vida. Pero el amor resiste pegado a la roca de su larga conciencia.
Delante del coche en marcha, una nube caprichosa, ayer pronto, en la tarde, recogía con premura la alfombra de luz del suelo. Un eclipse en cascada sobre el cálido asfalto. De su mantillo de sombra no supe huir a tiempo y al regresar del trabajo perdí la noción del verso.
Y entonces es cuando tarda la plaga que no lucubra y todos corren a verla brotar como un barranco articulado y la vuelcan y descubren su panzuda crema y su torvo mecanismo nos remata.
Hoy tus omisiones desencadenan una estepa de cubículos donde se pudren los tesoros y la vida se te rompe en inútiles esporas de miedo, yermas como el traje de un gusano. Cuenta las veces que has pasado de largo y contempla su secreción. Hoy la carne mollar del sistema nubla tus prietas certezas de ser mejor o niño o canción, y dibuja una rayuela que no es nube, quizás la guarida que tus sueños roían para aplacar su sed mientras los nudos corredizos de la tiza consumen la lluvia y desaparecen. Cuenta las veces que has pasado de largo e implora piedad, o estampida.